Por Arturo Roti
No había mejor lugar para arrancar una gira tan ambiciosa que la ciudad de las montañas. Monterrey, con su carácter firme y su público exigente, fue el punto de partida del «40th Anniversary Tour Parasomnia 2026», y Dream Theater respondió como lo que es: una maquinaria perfecta.
Pero esta historia no empezó esa noche.
Empezó hace años, cuando MTV todavía era una guía o brújula musical para todos los jóvenes amantes del rock. En pleno auge de los videos, apareció frente a mí «Pull Me Under». No sabía quiénes eran, pero algo me atrapó de inmediato. Ese sonido me remitió a Fates Warning, especialmente a la etapa con Ray Alder y Jim Matheos, una banda que ya me volaba la cabeza en esos años. Así que hice lo que uno hacía antes: salir a buscar el disco.
Encontré Images and Words… y ahí comenzó todo.
«Take the Time», «Surrounded», «Under a Glass Moon»… pero sobre todo «Metropolis Pt. 1: The Miracle and the Sleeper». Ese tema no solo me marcó, también sembró la semilla de lo que después sería «Metropolis Pt. 2: Scenes from a Memory», una obra que merece su propia historia aparte. A partir de ahí me hice fan de la banda; cada disco nuevo que sacaban, presurosamente iba a buscarlo hasta tenerlo en mis manos. Me fui clavando cada vez más en esa ejecución milimétrica, en esa precisión casi quirúrgica con la que tocaban
Y entonces, llegó el momento de verlos en vivo por primera vez.
Fue en el extinto Escena, en el 2002, con la gira del Six Degrees of Inner Turbulence. Lo que había escuchado en discos se volvió real… y aún más perfecto. A partir de ahí, los años se fueron marcando también en conciertos: en la Plaza Monumental Monterrey, en la misma Arena Monterrey, incluso aquella vez que abrieron para Yes. Los vi con Mike Mangini en la batería… y ahora, finalmente, me tocaba ver el regreso de Mike Portnoy.
Cuando en 2025 se anunció que regresarían a Monterrey para celebrar su 40 aniversario y presentar Parasomnia completo, supe que tenía que estar ahí. Pero no fue tan sencillo. Muchos medios locales fueron ignorados por los promotores; parecía que esta vez me quedaría fuera. A eso súmale una semana complicada de salud… todo apuntaba a que no se iba a armar.
Hasta que se armó.
Llegó la invitación de otro medio para cubrir el evento. Pedí permisos, ajusté todo… y listo: iba a ver por quinta vez en mi vida a una de mis bandas favoritas, de ese top ten que lidera Judas Priest. Ya más recuperado, con dos cortesías en mano, le pregunté a Diana si me acompañaba. Dijo que sí sin pensarlo. Y ahí cayó otro recuerdo: ella misma me acompañó hace 21 años, en 2005, en la Monumental Monterrey durante el Octavarium Tour. ¿Coincidencia? Tal vez no.
La Arena no tuvo la mejor venta; incluso hubo 2×1 en varios momentos. Pero eso no importaba. Al llegar, accedimos a cancha. Sentados todo perfecto… de pie, otra historia. Torres humanas frente a mí. El clásico. Pero nada iba a arruinar la noche.
A las 9:00 en punto, como reloj suizo, las luces se apagaron en la Arena Monterrey. Y entonces… «Metropolis Pt. 1: The Miracle and the Sleeper».
Intenté hacer anotaciones. Lo juro. Pero hay momentos donde el periodista se tiene que hacer a un lado. Este fue uno de ellos.
Sin pausa, John Petrucci, John Myung, Mike Portnoy, Jordan Rudess y James LaBrie se metieron de lleno en Scenes from a Memory con «Overture 1928» y «Strange Déjà Vu». Ahí me quité cualquier disfraz de cronista… y canté a todo pulmón.
La adrenalina subió con «The Mirror» y «Panic Attack». Y yo, que venía de una semana enfermo, ni me acordaba. Cuando arrancó «The Enemy Inside», la vista ya era imposible desde mi lugar, así que hice lo que cualquier sobreviviente de conciertos hace: exploración táctica. Encontré unas butacas libres en gradas. Cambio de base. Ahora sí, vista limpia.
«Peruvian Skies» fue un momento especial. Cuando comenzaron a entrelazar «Wish You Were Here» de Pink Floyd y «Wherever I May Roam» de Metallica, me levanté. Ya no era momento de estar sentado. Headbanging sin piedad. De esos que no recomiendas… a menos que tengas años de entrenamiento cervical en conciertos. Riesgoso, sí. Pero necesario.
El primer acto cerró con «As I Am». Y llegó el descanso. Veinte minutos para bajar la adrenalina… o intentar bajarla.
Pero lo que venía era otra dimensión.
La segunda parte fue Parasomnia en su totalidad. Un viaje conceptual por los trastornos del sueño, las pesadillas y esa frontera borrosa entre lo real y lo que no lo es. Desde «In the Arms of Morpheus» hasta «The Shadow Man Incident», la banda ejecutó cada pieza con una precisión que raya en lo inhumano.
En «Night Terror», Petrucci dio una cátedra. Velocidad, limpieza, control absoluto. A su lado, Myung, como siempre, sosteniendo todo sin necesidad de reflectores. «A Broken Man», «Dead Asleep» y «Midnight Messiah» fueron de los más coreados. La gente ya hizo suyo ese disco.
Rudess, en «The Shadow Man Incident» fue exquisito, simplemente recordó por qué está en otra liga.
Y entonces… la oscuridad.
Las pantallas comenzaron a proyectar imágenes de Dead Poets Society. La escena de Carpe Diem. Y ahí lo supe. Venía «A Change of Seasons».
«Carpe Diem». Aprovecha el día. Una frase que adopté hace muchos años, que cargo conmigo, que aplico, que creo. Y en ese momento, con todo lo vivido antes de llegar a ese concierto… cobró más sentido que nunca.
«A Change of Seasons» es más que una canción. Es una vida contada en siete actos. Desde «The Crimson Sunrise» hasta «The Crimson Sunset», la obra —escrita en gran parte por Portnoy como tributo a su madre— te lleva por la inocencia, la pérdida, el miedo, la aceptación… y la continuidad. Eso un tema que me hizo recordar en muchos pasajes a mi jefa y a mi hermano, de verdad que este tema de 23 minutos te atraviesa.
A las 12:00 en punto, todo terminó. Exacto. Preciso. Como Dream Theater.
Salí con esa sensación que solo te dejan las cosas verdaderamente buenas. Busqué a mis amigos Los Fellas, compartimos impresiones, la foto obligada… y luego, la sorpresa: la ciudad estaba bajo una lluvia torrencial.
No me había dado cuenta.
Y no pude evitar pensar que era perfecto. Como si Monterrey también hubiera soltado todo después de lo vivido. Como si la noche necesitara cerrarse así: con agua cayendo, limpiando, renovando.
Algo que entendí al final del concierto, es que la vida se trata todo esto.
De vivir el momento.
De cargar historias.
De volver a sentir como la primera vez.
Carpe Diem.



