El idioma del Paraíso

A partir del cuento “El idioma del paraíso” de Verónica Murguía, Ulises Rodríguez reflexiona sobre un inquietante experimento medieval atribuido al emperador Federico II para preguntarse qué ocurre cuando a un recién nacido se le priva del contacto.

abril 22, 2026

Por Ulises Rodríguez Ortiz

Verónica Murguía no es sólo una de las plumas mexicanas más interesantes de la actualidad, sino también avezada en la Edad Media, como lo demuestra El cuarto jinete del 2021, que nos permitió vivir en forma magistral y narrativa los procesos donde la humanidad se enfrentó al poder destructivo de gérmenes asociados a la pobreza. Es curioso que El cuarto jinete hable de la peste ocurrida en el siglo XIV y que fuera publicado en plena pandemia causada por el virus SARS-CoV-2, lo que nos permitió comparar, en la voz de varios personajes, un pasado desgarrador y cruel con un presente desconocido. Los mitos asociados a la enfermedad, la separación de las familias para evitar contagio, el abandono de algún ser querido enfermo, nos enseñaron que, a pesar de haber transcurrido más de seiscientos años, hay conductas humanas que nunca cambiarán. ¿Qué tan importante puede ser el contacto con los demás a la hora de enfrentar una enfermedad? Para hablar de eso, bastaría tan sólo con considerar la importancia del tacto.

En el cuento «El idioma del paraíso» de Murguía, publicado en El ángel de Nicolás (Era, 2003) donde retoma una supuesta historia ocurrida en el siglo XIII, narrada por el franciscano Salimbene de Parma en su Crónica: un experimento ordenado por el emperador Federico II, que consistía en aislar recién nacidos para descubrir la lengua del paraíso, Murguía se vale de la voz de una de las nodrizas a cargo de los niños, quien dice:

Federico aspiraba a ser llamado como Adán, el Nomothete, el dador de nombres. Estaba convencido de que, si aprendía esa lengua, que algunos de sus sabios habían afirmado era una suerte de hebreo celestial […] podría mandar con poder absoluto sobre los corazones de los hombres y seducir con unas cuantas palabras a las mujeres.  

¿Hay un idioma del paraíso?, se preguntaron los antiguos. En La búsqueda del lenguaje perfecto (1993), y con un análisis de diferentes expresiones de lenguaje y corrientes filosóficas, Umberto Eco nos da la respuesta contundente: no lo hay. En cambio, Verónica Murguía nos cuenta cómo Federico II ordenó que a doce recién nacidos se les vigilará para ver cuál sería su idioma sin ninguna influencia de sus padres ni la retroalimentación del tacto empático o la voz protectora. Él creía entonces que si los niños no escuchaban palabra alguna de sus bocas infantiles saldría el idioma original, y él lo aprendería de ellos. Quizá esa lengua perfecta lo haría semejante a Dios. Dice la protagonista del relato: Cuando el niño toma el pezón con los labios, a veces se olvida de mamar y es necesario tocarle la mejilla para que despierte y coma. […] Cuando el que me había sido asignado, un niño moreno con la cabecita cubierta de una suave pelusa negra rompía a llorar, yo le daba el pecho… Podemos pensar que se trata de un tema simplemente amoroso, pero ¿puede ser real un proceso así?, ¿es necesario tener contacto y comunicación afectivos con alguien para desarrollarnos y mantenernos mental y biológicamente sanos?

Si alguno dormía y otro comenzaba a llorar, de inmediato todos se despertaban y gritaban y plañían como presas de un gran dolor y sólo se calmaban si caminábamos con ellos en brazos durante horas […] Inocencio nos comunicó, después de misa, que también estaría prohibido llevarlos en brazos. Cuando comparamos la evolución biológica y conductual de recién nacidos con el contacto físico y emocional normal —ya sea con los padres o la técnica del canguro—, con aquellos recién nacidos que estuvieron en incubadora únicamente, los resultados publicados concluyen que el grupo en incubadora tuvo mayor riesgo de enfermedad y mortalidad. Por el contrario, también hay estudios en donde se compara el riesgo de presentar esquizofrenia en individuos pertenecientes a familias con integrantes esquizofrénicos que tuvieron maltrato social. La aparición de la enfermedad es más frecuente en comparación con los que eran aceptados: el maltrato social actúa probablemente como un factor capaz de modular la expresión genética.  

En ambos casos, vemos que necesitamos estar en un ambiente de cariño al menos en las primeras etapas de la vida. El hecho es que a través de la sensibilidad física, o bien, a través de la aceptación como persona o grupo poblacional, obtenemos un componente que regula nuestra vida: es un tema que continúa en investigación. En el caso de los infantes que expresan más la esquizofrenia,  la cual vive en el entramado y complejo material genético, implica que nuestros genes pueden expresarse o no frente a estímulos del ambiente. La expresión de los genes por factores capaces de influir en ellos, en este ejemplo no es para bien y menos ante el hecho de que ese estímulo social y nocivo podría evitarse. No podíamos acariciarlos, ni cantarles para que se durmieran […]Rechazaban el pecho, aunque no hubieran comido, y sus cuerpos eran sacudidos por el llanto como por una fiebre alta e incurable. […]Cuando sus dedos nos cogían un mechón de pelo o el lóbulo de la oreja y nos veíamos obligadas por la mirada del soldado o del fraile a soltarnos

Por otro lado, también está publicado que cuando alguien nos toca con afecto o en busca de expresarnos cariño o deseo, las vías de la sensibilidad no únicamente llegan al lóbulo parietal —a donde llega la información procedente de la piel y los órganos—, también se dirigen hacia la corteza insular —lóbulo con funciones de asociación cerebral—, lo que produce aumento de oxitocina y opioides endógenos o naturales que nos permite sentirnos aceptados y nos baja la ansiedad.

Los seres humanos somos sensibles y, por lo tanto, en ese aspecto, vulnerables. Es cierto que el proceso de madurez conductual de un adulto incluye la capacidad para vivir en soledad, sin embargo, esto puede representar una controversia. Es sana la soledad cuando nos permite la independencia física y conductual, aunque todo parece indicar que, al ser seres sociales, es mejor desde el punto de vista biológico tener un grupo donde expresemos y sintamos afecto. Como cuando la nodriza ayuda a una de sus compañeras de cautiverio: Me acuclillé junto a ella, besé sus labios fríos y lívidos y la mecí hasta que se serenó, como hubiera querido hacer con los niños.

            Durante la pandemia, cuando leí El cuarto jinete, mi pensamiento se dirigía a los amigos urgenciólogos e intensivistas, sin embargo, otro grupo esencial son los gineco-obstetras. En este período, las pacientes que iban al hospital para tener a su hijo o para alguna revisión ginecológica pasaban por un filtro de detección, y fue inevitable que estos médicos se enfrentaran a los partos o cesáreas con pacientes infectadas o sospechosas. La forma de tratar a la madre y al recién nacido fue, a decir de una de mis queridas amigas ginecólogas, siempre la misma: no separar a los recién nacidos de las madres. El contagio de una madre infectada por el virus al feto existe, pero es muy baja su incidencia.

Cualquier palabra, en cualquier lengua, dicha amorosamente, desciende de ese idioma. Tal vez el amor con el que Dios le habló a Adán antes de la expulsión del Edén sea el verdadero idioma del Paraíso, y sus ecos resuenan débilmente en las torpes palabras de amor que proferimos con nuestras bocas imperfectas. El emperador Federico nunca lo habló ni lo escuchó, pues él jamás amó a nadie y fue traicionado por los que decían amarlo.

            Pareciera no venir a cuento, pero un caso ejemplar a este respecto es la conocida cercanía personal y psicológica que puede intuirse entre Ana Sullivan y Helen Keller. Ana era 14 años mayor y sufrió la pérdida de su madre a los 8 años, mientras que ellas se conocieron cuando Hellen tenía 7 años. Es hasta ese momento que Hellen encuentra un camino de avance. Primero mediante el tacto en las manos de Hellen por parte de Ana, se logra la comprensión de símbolos que permitieron su comunicación y después, para lograr que Helen hablara, sin escuchar, Ana utilizó una técnica llamada Tadoma, que consiste en que el paciente perciba las vibraciones de los labios y cuello para poder copiar los patrones de vibración con la voz. Ana Sullivan murió después de una vida de entrega para su alumna y cuando Helen murió, pidió que sus cenizas se colocaran junto a las de su maestra. Hasta aquí no hay evidencia de que la sensibilidad por sí misma, pueda influir en nuestra conducta, pero la sensibilidad con empatía nos permite tener mejor salud. Cuando nacemos, lloramos, pero al mismo tiempo, el contacto físico con nuestra madre nos forma el pensamiento y nos dice a través del órgano más grande que tenemos, que es la piel, que estamos en el paraíso.

            De la misma manera que concluyó Umberto Eco, todo parece indicar que el idioma perfecto no existe, pero tal vez el primer lenguaje se de a través del tacto y la empatía en forma bidireccional con el otro. Esa pertenencia nos permite saber que todo estará bien. Es importante que no olvidemos que necesitamos esa información que nos da el otro a través del tacto y/o los demás sentidos para vivir.

Los seres humanos tenemos respuestas profundas a las variables externas que nos rodean. El maltrato social se ha definido como un factor epigenético de envejecimiento de nuestro ADN. Entonces, es probable que el tacto afectivo realice una función contraria, es decir que influya para bien en el reloj genético del ADN y, de esa forma, en nuestra salud física y mental.

De regreso a «El idioma del paraíso», todos los niños murieron. Por lo tanto, es lógico pensar que el tacto afectivo es esencial en la vida desde que nacemos hasta la muerte. Más o menos me lo imagino así: lo primero que hacemos al nacer es llorar, lo cual implica el reflejo primitivo frente a un cambio y el estreno o inicio de nuestra función pulmonar —que cambia la procedencia del oxígeno desde la atmósfera hasta nuestros pulmones—, que antes llegaba a través de la sangre materna.

Frente al sonido agudo que nos instala en este mundo, la respuesta llega al sentir en óptimas condiciones la piel de nuestra madre, esa unión exacta que permite poco a poco la calma y el fluir de las funciones y necesidades. Es a través del tacto, por una vorágine de señales que inundan el lóbulo parietal y la corteza insular, que se da la primera unión, que implica pertenencia, aceptación e inicia el proceso fisiológico y psicológico de formación de nuestro ser.

No es posible pensar que exista un idioma del paraíso, pues un estímulo es incapaz de lograr la integración del yo por sí mismo; cada estímulo de nuestros sentidos ocupa un espacio esencial en el proceso de formación. Sin embargo, podemos vivir sin oír, sin ver, sin saborear y sin oler, pero no sin sentir, como en el caso de Helen Keller. Somos seres que percibimos no sólo para conocer, sino para pertenecer afectivamente. Con el paso del tiempo, nuestro sistema sensitivo realiza funciones de reconocimiento maravillosas, lo que incluso le permite, en casos desafortunados, sustituir a la vista y al oído, en caso necesario. Nacemos para conocer a través de la sensibilidad, para dar y percibir afecto en un grupo de iguales.         

En las primeras semanas conocemos los sabores, sonidos, colores y olores. De esta forma, se expande la formación de nuestro ser conocedor y afectivo. Al igual que ocurre en «El idioma del paraíso», los recién nacidos que por alguna causa son separados de sus madres o del contacto afectivo tienen aumento de la morbilidad y mortalidad.

En etapas posteriores de nuestra vida el tacto social es una medicina ante todo tipo de adversidad y es una forma de protegernos y proteger a nuestro grupo. Esta manifestación humana podría definirse como una expresión de amor, pues el amor se siente y sin saber que así se llama, se entiende.  Sin embargo, la promesa de cercanía sólo se termina si existe contacto físico, como si la piel fuera el inicio y el fin desde el nacimiento hasta la edad adulta, y se repite en los miles de ciclos sociales humanos hasta que morimos.

Ulises Rodríguez Ortiz (1970, Ciudad de México). Neurólogo clínico por la UNAM, con alta especialidad en Desórdenes del Movimiento en el Hospital de La Pitié Salpêtrière, París. Ha representado a México ante la Movement Disorders Society. Fue coordinador nacional del grupo de Desórdenes del Movimiento en la Academia Mexicana de Neurología. Tiene una maestría en investigación clínica por el IPN. Actualmente es docente de posgrado en la UNAM y desarrolla su labor en la clínica de párkinson en el Instituto Nacional de Neurología. Juan sin miedo (2025) es su primer libro.

Compartir:

Usamos cookies para mejorar tu experiencia y personalizar contenido. Al continuar, aceptas su uso. Más detalles en nuestra Política de Cookies.