Qué tiempos señor don Simón

A partir de la figura de Jesús Medina, el masón que inició a Aleister Crowley en México, Raúl Aníbal Sánchez explora los vínculos entre ocultismo, masonería y poder durante el Porfiriato.

mayo 30, 2026

Jesús Medina, el masón mexicano que inició a Aleister Crowley

Por Raúl Aníbal Sánchez

Por razones en retrospectiva poco claras, me encuentro ahora rodeado de trabajos, facsímiles y archivo decimonono y de entresiglos mexicano, tanto digital como físico. A veces un agujero de conejo de internet puede transformarse en una profesión, dependiendo de cuánta voluntad logremos aplicar al déficit de atención que mucho hace estragos entre nuestra generación. Al doblegar el aburrimiento y sobreponerse al desprecio virulento de los gatekeepers (profesores celosos de su nicho que intentarán destruirte a la primera en congresitos y revistas), parece que incluso hasta se puede uno colar en la Academia, como una persona semirrespetable.  

Así que, después de terminar una tesis de posgrado sobre el diablo como personaje literario (¿?), esa misma propensión dialéctica a la dispersión y la obsesividad me ha dejado con un montón de historias descabelladas sobre nuestros antecesores, los dementes periodistas, intelectuales, artistas, escritores y escritoras mexicanas del siglo XIX. Esta es una de ellas:

1.

En el mes de julio de 1900, el ocultista, escritor y alpinista británico, Aleister Crowley, llegó a la Ciudad de México. Venía huyendo del verano neoyorkino, tras recibir la recomendación de unas amistades aficionadas al alpinismo de ascender los volcanes circundantes del Valle de México. En el segundo volumen de sus memorias —pomposamente subtituladas como autohagiografía—, destacan primeramente lo terrible del servicio y después, una especie de «afinidad espiritual» con los mexicanos. Aplaude su desprecio por el comercio y la industria, su pasión por las corridas de toros, las peleas de gallos, «el juego y la lujuria», mientras dejan en Porfirio Diaz los asuntos políticos y a la vez lo maldicen por ello. 

El mago dedica tres capítulos de este volumen a narrar su aventura mexicana, que duró unos diez meses y en los que conoció de cerca a la figura que nos ocupa, un tal Jesús Medina, descrito como un masón de alto rango que inicia a Crowley en su rito, haciéndolo ascender rápidamente hasta el grado 33, máximo nivel alcanzable entre las logias tradicionales de la sociedad masónica.

La masonería inglesa había sido refractaría al encanto trepador de Crowley, negándole constantemente el ingreso. Con apenas 25 años era ya, lo que se dice, un completo impresentable. Así que esta proeza de ascenso en tan poco tiempo es inexplicable en cualquier otra situación, como no fuera el México de comienzos de siglo XX. Medina era Gran Maestre de un rito de creación propia, el Rito Mexicano Reformado, surgido tras el rompimiento de algunos masones (entre ellos el Rito Nacional Mexicano, de Benito Juárez Maza) con la Gran Dieta Simbólica, el órgano de control que Porfirio Díaz había logrado instituir como logia madre:

Como mencioné antes, la creación de la Gran Dieta fue orquestada por Porfirio Díaz, quien en todo momento se mostró favorable a la iniciativa de la fusión, pues sabía bien la fuerza que podría encontrar en las logias unidas y gobernadas por un órgano central. No estaba equivocado: unos años más tarde recibió el apoyo absoluto de la Gran Dieta, que pretendió disciplinar a todas las logias «en la única obra política en que está radicado el porvenir de la patria: en la reelección del actual Primer Magistrado de la Nación». 

Así pues, ya para finales del siglo XIX, Porfirio Díaz tenía un relativo control sobre estas agrupaciones que en México habían funcionado como las sociedades de ideas tradicionales, es decir, laboratorios de creación e intercambio político y agitación ideológica. Este fue uno de tantos factores determinantes que, junto al control de amplios sectores de la prensa y la política de conciliación con la iglesia católica, permitieron la extensión y duración de la pax porfiriana. Quienes, desde la masonería, propugnaban por la disidencia política, debieron de agruparse en logias «irregulares» o mantener sus inclinaciones políticas al margen de la vida pública, si es que esto último es posible.

Jesús Medina hubiese sido una nota al pie en la historia de un excéntrico viajero británico, de no ser porque en la década del 60 del siglo XX, la contracultura hippie, las vanguardias artísticas y los Nuevos Movimientos Religiosos rescataron la figura de Crowley, retomando algunos de sus escritos y sistemas ceremoniales mágicos como base de sus propias creaciones, ya fuesen artísticas, religiosas o filosófico-esotéricas. Con esta atención renovada por la biografía del mago, comenzó un peculiar proceso de mistificación de la figura de Medina. ¿Quién era el misterioso cabalista mexicano que inició al «famoso» mago? Ese proceso, alimentado ya de inicio por el mismo Crowley y su pluma ligera y fantasiosa, continúa hasta hoy en día —como se verá más adelante—.  

El personaje llamó mi atención hace algunos años, y he seguido al pendiente de publicaciones al respecto. De vez en cuando conduje alguna investigación propia en fondos hemerográficos, para descubrir un sinnúmero de conexiones entre Medina y todos los circuitos de sociabilidad de la época, las cuales mostraban un personaje marginal y contradictorio, a la vez que ninguneado en multiplicidad de frentes. Un hombre de creencias firmes, aunque profundamente heterodoxas.

Valga la pena el recuento: Medina fue ministro de culto evangélico, ligado toda la vida a publicaciones periódicas protestantes, también fue profesor de ciencias y uno de los distinguidos fundadores de la actual Sociedad Astronómica de México, sosteniendo junto a su hermano, José María Medina, el Observatorio popular «Francisco Díaz Covarrubias».  A la vez, su figura recorre todo el espectro de la agitación ideológica de finales de siglo: jacobino anticlerical, francmasón disidente, cabalista (como puede verse en su periodiquito masónico El Boazeo, editado de 1894 a 1904), partidario de la candidatura presidencial de Mariano Escobedo, encarcelado por sus publicaciones, íntimo amigo de precursoras feministas como Juana Belén Gutiérrez de Mendoza, tratadista, literato, antirreeleccionista enfrentado a los hermanos Magón,  médico «dosimetra» sin licencia, espiritista, inventor de un método para prevenir terremotos observando manchas solares, constitucionalista, socialista, y finalmente, uno de los fundadores de una Escuela Racionalista Obrera, basada en los postulados del anarquista catalán Francisco Ferrer Guardia.

Todas las descripciones que tengo de él presentan un barbado viejecito, de enredada lengua y furor visible pero contenido. De ideales altos y resoluciones imprácticas, ya sea en tono amable, como lo describe Gutiérrez de Mendoza: «astrónomo, políglota, todo un sabio de reluciente calva y blanca barba patriarcal, que quería hacer una revolución para poner en la bandera nacional no sé qué constelación… y levantarle un monumento al general Escobedo…» o burlón y con sorna, como le señalan los Flores Magón, quienes al informarle en una reunión antirreeleccionista que ellos se encontraban listos para la lucha armada, él simplemente: «se vio en un gran aprieto y en un largo y embrollado discurso en el que se comparó con el cura Hidalgo, manifestó que no quería una revolución, que no se debía derramar la sangre del pueblo de México».

Retrato de Medina, El heraldo del hogar, 30 de septiembre de 1908, p.11
2.

Y sin embargo, he aquí que últimamente no dejo de topármelo de nuevo, a pesar de su vocación segundona, por así decirlo. Mi Medina (discúlpenme la familiaridad) se ha vuelto menos que mítico gracias a los dichos de Crowley, quien párrafo por párrafo gasta hipérboles incomprobables, cuando no evidentemente falsas. 

La historia, que no debe dejar de referirse, va más o menos así. Después de rentar un piso en una casa con vista a la Alameda, Crowley describe su encuentro con Medina en los siguientes términos: 

Me presentaron a un anciano llamado Don Jesús Medina, descendiente del gran duque de la Armada y uno de los más altos jefes de la masonería del rito escocés. Como mi conocimiento cabalístico ya era profundo según los estándares actuales, me consideró digno de la más alta iniciación que estuviera en su poder para conferirme; Se obtuvieron poderes especiales en vista de mi estancia limitada [en México], y fui rápidamente aprobado y admitido en el trigésimo tercer y último grado antes de salir del país. 

Después de esto, el inglés pasa a describir una orden creada por ambos personajes, la Lámpara de la Luz Invisible, consagrada a trabajos rituales que incluían el mantenimiento a perpetuidad de una luz en un sancta sanctorum, dedicada a iluminar la mente de todos aquellos buscadores de sabiduría susceptibles de percibirla en el mundo. 

Esa breve mención convirtió al ciudadano Jesús Medina, protestante, jacobino, republicano y anticlerical, en repentino «duque de Medina-Sidonia», un apelativo que sin duda alguna hubiera rechazado, aún con cierta propensión a la mistificación propia. Y, sin embargo, así lo consignan investigaciones relativamente serias, como la de Martin Starr (2012), Tobias Churton (2017) y la entrada actual de Luis Adrián Linares Sánchez (2026) en la enciclopedia de Esoterismo en el México moderno, auspiciada por la UNAM, donde además de todo resulta transfigurado en militar: 

Escritor y militar. También conocido como Duque de Medina y Sidonia. […] Debido a que, se presume, descendía de un comandante de la armada española y jefe de gran fama en el Rito Escocés, Jesús Medina también fue llamado «El Duque de Medina y Sidonia». Más allá de su título nobiliario, Medina es, sin duda, uno de los sujetos esotéricos más sugerentes, pero también poco conocidos. De hecho, queda aún pendiente investigar a profundidad y de manera detallada su presencia en los libros y rotativos de su época. 

A pesar del contexto revolucionario en el que encontraremos más tarde a Medina, con su adherencia al maderismo y luego el constitucionalismo, esto no lo convierte en militar de ningún modo, tomando en cuenta que según la investigación preliminar de este trabajo, para las fechas entre 1910 y 1916, Medina era ya un anciano profesor de colegios metodistas. Por otra parte, como apunta Mariano Villalba (2023) en el estudio más serio de su figura hasta la fecha, Medina no tenía poderes para iniciar a Crowley en el Rito Escocés, sino en el rito de su propia creación, de fondo más bien patriótico y cristiano: 

Convertido al presbiterianismo y declarado «puritano en religión», Medina propone su propia versión de la «Reforma», lo que él llama «segunda Reforma» o una «aurora de nuestra Reformación» en México. Situado en esta vertiente nacionalista y radical, Medina propone el retorno a un «cristianismo racionalista» que será la «religión popular del porvenir». El catolicismo y otras variantes del protestantismo son presentadas como «degeneraciones» de este «cristianismo racionalista» original, representado por él mismo y «transmitido» por su Rito. Por estos motivos, el Rito de Medina era acusado de «asociación revolucionaria» y de «secta» por los católicos, al oponerse a la condecoración de Porfirio Díaz por parte del Supremo Consejo del Rito Escocés.

Villalba hace después un excelente trabajo de análisis, al comentar el programa de reforma de Medina impreso en el periódico que mantenían Jesús Medina y su hermano, El Boazeo, y examina las conexiones de su pensamiento esotérico con las corrientes ideológicas que se desarrollarán en este intersticio de siglos. Medina inició la «tradición» de su rito con el personaje bíblico Boaz, presentándolo como un «tatarabuelo de David, padre de Salomón», y afirmando que «Cristo era Boazeo». Sostenía que su Rito Mexicano Reformado era el heredero de una tradición masónica anterior al cristianismo, conservada por los esenios y Jesucristo. Para Medina, los «primeros masones fueron los primeros cristianos», y su rito buscaba preservar esta tradición masónica supuestamente perdida.

Además, Villalba establece su vínculo con Arnold Krum-Heller, otro personaje peculiar y contradictorio, consejero de Francisco I. Madero, cercano a Venustiano Carranza, espía alemán durante la Gran Guerra y fundador de numerosas corrientes esotéricas latinoamericanas que persisten hasta la fecha. No obstante, mantiene un aura de misterio en torno a Medina que contrasta con los indicios reunidos por su servidor. Ignora o decide ignorar completamente el papel de Medina como divulgador de la ciencia y miembro prominente de la Sociedad Astronómica, como exegeta bíblico y colaborador asiduo de la prensa protestante, y hasta como autor de crónicas literarias y poemas, además de que apenas si aporta datos biográficos, contribuyendo así a la mistificación que refleja acríticamente Linarez Sánchez. 

Después de una serie de publicaciones melancólicas en un semanario venido a menos, en donde conjunta la autobiografía con el pensamiento médico y la divulgación astronómica, Jesús Medina sale poco a poco del escenario de un país que va resultando ya incomprensible. Es precisamente junto a Krum-Heller donde la huella de mi Medina empieza a borrarse. Al inaugurar junto a él la escuela racionalista, pronuncia uno de sus característicos discursos:

El compañero Jesús Medina, profesor de Astronomía, trató del racionalismo como base de la ciencia, desde los tiempos de Sócrates, filósofo que fue una de las primeras víctimas de los errores de la humanidad. Con acopio de datos y de citas históricas, demostró que las religiones se corrompen a medida que ganan en riqueza y poderío, y, haciendo gala de conceptos eruditos y sutiles paradojas, confesó que era ateo; pero a la manera de los primitivos cristianos, que combatían la idolatría, aceptada más tarde por ellos mismos.

En julio de 1916 lo encontramos en el homenaje a Benito Juárez, por el 44º aniversario de su muerte, conmemoración que, junto al natalicio del prócer, observó rigurosamente durante décadas, según varios periódicos, y para las cuales participó en numerosos comités. Esta última debió ser una ceremonia eterna, pues hicieron uso de la palabra numerosos representantes de las «logias libres» —entre ellos nuestro Jesús Medina—, y el Gran Maestre del Rito Nacional Mexicano, Ignacio A. de la Peña «pronunció un bellísima poesía para cantar las virtudes cívicas del Benemérito, cuya obra literaria, igual que las anteriores alocuciones, mereció numerosos aplausos de la concurrencia». Otra constante fue, sin duda, su pasión por los largos discursos y arengas.

La última noticia que tengo de él se puede encontrar en una nota del periódico metodista El abogado cristiano, de 1918, en donde se reproduce una antigua colaboración suya firmada bajo el seudónimo de Nicodemo, al parecer reimpresa varias veces y en algún momento disponible como folleto. Ahí, con citas del Evangelio y aludiendo a Jerónimo y Agustín de Hipona, defiende fervorosamente el principio de Sola Scriptura. Al finalizar, el editor, Manuel Zavaleta, aclara: 

Tengo noticias que nuestro hermano en Cristo, el Rev. Jesús Medina «durmió en el Señor» como a mediados del mes de Diciembre del año de 1916. Pero, que yo sepa, hasta la fecha, nadie ha publicado media palabra sobre tan sensible fallecimiento. Pero él: «….aunque difunto, aun habla» Heb. 11:4. Molino del Rey, 2 de febrero de 1918.

Quizá ahí convenga dejarlo: no como duque, ni como hierofante en sombras, ni como nota extravagante en la autobiografía de Crowley, sino como lo que parece haber sido en realidad, un excéntrico de convicciones torrenciales, hecho de prensa, púlpito, observatorio, logia, aula y tribuna; uno de esos personajes menores que, vistos de cerca, devuelven con rara nitidez las tensiones de toda una época. Persiste de don Jesús Medina la obstinación con que quiso pensar, escribir, polemizar y reformarlo todo a la vez, aun cuando hasta sus propios correligionarios apenas supieran qué hacer con semejante exceso. 

Raúl Aníbal Sánchez (Chihuahua, 1984) es poeta, narrador y ensayista. Egresado de Creación Literaria por la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, ha publicado libros de cuento, poesía y novela, entre ellos Esta noche llegan las perseidas, Curación por la palabra y Matagatos. Fue becario del FONCA en la categoría de poesía y ha recibido diversos reconocimientos, como el Premio Chihuahua Vanguardia en Artes y Ciencias.

Portada: Imagen generada con inteligencia artificial para Posdata a partir de fuentes iconográficas históricas.

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