Cozy Powell: El último cambio – 5 de abril de 1998, autopista M4, 167 km/h

Ocho minutos y dieciséis segundos que me enseñaron a escuchar de otra manera. Esa batería de apertura, densa y ceremonial, con el peso de algo que se anuncia antes de ocurrir. La orquesta de cuerdas entrando encima.

junio 13, 2026

Por Arturo Roti

En mis tiempos de secundaria, el Holy Diver de Dio acababa de salir, era 1983 y yo andaba con eso metido en la cabeza, buscando qué había antes del Heaven and Hell y Mob Rules, qué más existía en ese territorio que apenas empezaba a explorar. En esa búsqueda, como suele pasar a esa edad, no estaba solo. Había un grupo de amigos que andábamos en lo mismo, pasándonos discos, recomendándonos cosas, construyendo juntos el mapa de un mundo que se nos iba revelando poco a poco. Uno de ellos, Roberto Lee, tenía ese gesto que tienen ciertos aficionados generosos: llegaba con un acetato bajo el brazo y te lo ponía enfrente sin más explicación que «escúchate esto». Así llegó a mis manos el Rainbow Rising. 1976. Ritchie Blackmore en la guitarra, Ronnie James Dio en la voz antes de Black Sabbath, antes de su carrera en solitario, antes de todo. Y en la batería, un tipo que yo no conocía todavía: Cozy Powell.

Puse el disco. Arrancó «Stargazer».

Ocho minutos y dieciséis segundos que me enseñaron a escuchar de otra manera. Esa batería de apertura, densa y ceremonial, con el peso de algo que se anuncia antes de ocurrir. La orquesta de cuerdas entrando encima. La voz de Dio construyendo una épica de ciencia ficción medieval que en aquel momento me pareció la cosa más seria del mundo. Y sosteniendo todo eso, dándole columna vertebral, Cozy Powell. Tardé tiempo en entender con palabras lo que ese día entendí con el cuerpo: que había bateristas que tocaban para que la canción funcionara, y había bateristas que tocaban para que la canción existiera. Cozy Powell era de los segundos.

¿Quién era Cozy Powell?

El nombre de pila de Cozy Powell era Colin Trevor Flooks. Nació el 29 de diciembre de 1947 en Cirencester, Gloucestershire, en el centro de Inglaterra, y fue adoptado de bebé; nunca conoció a sus padres biológicos. El apellido Powell era el de su madre adoptiva. El apodo lo tomó de Cozy Cole, un baterista de jazz, porque incluso en la adolescencia ya tenía claro en qué tradición quería inscribirse.

Empezó a tocar a los doce años en la orquesta de la escuela. A los quince tenía un solo de batería armado que dejaba sin palabras a quien lo escuchaba. Su primera banda, los Corals, tocaba en el club juvenil de Cirencester cada semana. Después vinieron los circuitos semiprofesionales, las noches largas, los viajes en carretera que le costaron la educación formal. Powell dejó la escuela para trabajar en una oficina y juntar el dinero para su primer set de batería Premier. Era un hombre que sabía exactamente lo que quería y estaba dispuesto a pagarlo con lo que tuviera.

En 1970 entró al Jeff Beck Group. Dos discos con Beck: Rough and Ready en 1971 y Jeff Beck Group en 1972. En 1974 lanzó «Dance With the Devil» como solista, un sencillo instrumental que llegó al tercer lugar en las listas inglesas. Un baterista con un hit, algo que el rock difícilmente suele concederle a los que están detrás del kit. Pero esa ruta en solitario nunca fue su vocación más profunda.

En 1975 se unió a Rainbow, la banda que Ritchie Blackmore construyó tras dejar Deep Purple, con Ronnie James Dio como voz. Durante cinco años, Powell y Blackmore fueron los únicos constantes en una alineación que rotaba sin cesar. Eso lo dice todo: en una banda donde todo el mundo llegaba y se iba, Cozy era el suelo firme. El ritmo sobre el que todo lo demás se construía.

Lo que siguió fue una carrera que parece diseñada para demostrar algo. Michael Schenker Group, Whitesnake, Emerson Lake & Powell, Gary Moore, dos períodos distintos con Black Sabbath, Brian May en la gira donde abrían para Guns N’ Roses. Apareció en al menos sesenta y seis álbumes y en cada uno dejó lo mismo: esa presencia inconfundible, ese golpe que tiene peso específico, la convicción de alguien que toca como si cada canción dependiera de él, porque generalmente dependía.

Era además un hombre que amaba la velocidad fuera de los estudios. Tenía un Ferrari. Compitió en el circuito del saloon cars inglés. Llegó a considerar seriamente dejar la música para dedicarse a las carreras. No lo hizo, pero el impulso no desapareció. Siguió ahí, en algún lugar de su carácter, esperando.

A principios de 1998, Cozy Powell tenía cincuenta años y la agenda de alguien de treinta. Acababa de grabar pistas para el álbum Facing the Animal de Yngwie Malmsteen. Tenía una gira de Japón comprometida. Y había algo más grande en el horizonte: Ritchie Blackmore y Ronnie James Dio habían empezado a planear una reunión de Rainbow con él.

Entonces una motocicleta lo tiró. El accidente le dañó los ligamentos del pie. Buscó tratamiento, mejoró lo suficiente para volar a los ensayos con Malmsteen, pero seis horas diarias de música rápida y agresiva reinflamaron la lesión. Tuvo que retirarse. Canceló la gira de Japón. Una de sus últimas llamadas, al editor de su club de fans, fue para hablar de esa frustración, pero también para decir que tenía ganas de la próxima gira con Brian May. Así era Cozy: el pie roto, la cabeza mirando hacia lo que venía.

El 5 de abril de 1998 era domingo.

Su novia Sharon Reeve lo llamó esa tarde y le pidió que fuera a verla. Powell subió a su Saab 9000 Turbo y tomó la autopista M4 en dirección a Cardiff. El clima era malo. La noche cerraba rápido. Y él iba a ciento cuatro millas por hora, ciento sesenta y siete kilómetros, con alcohol en la sangre por encima del límite legal y sin el cinturón abrochado.

Sharon lo llamó en el camino. Hablaron. Él le dijo que no encontraba el quinto cambio.

Fue lo último que dijo con claridad.

La llanta trasera del Saab sufrió una ponchadura. El auto salió disparado, golpeó el camellón, rodó, y aterrizó sobre su techo. Un conductor que pasaba le diría después a la BBC que vio el vehículo dar piruetas en el aire antes de detenerse sobre el camellón de pasto.

Al otro lado del teléfono, Sharon Reeve escuchó un ruido terrible. Luego escuchó a Powell decir «oh, mierda». Luego escuchó silencio.

Llamó de vuelta. Nadie contestó. Volvió a llamar. Nadie contestó. Entonces llamó a la policía.

Powell fue declarado muerto a su llegada al Hospital Frenchay en Bristol. El forense dictaminó muerte accidental. Tenía cincuenta años. Cincuenta años, ciento sesenta y siete kilómetros por hora. Vivió rápido en todos los sentidos que esa frase puede tener.

El Legado

Hay una categoría de músico que el mundo del rock tarda en reconocer: el que hace posibles a los demás. El que llega a una banda y le da lo que le faltaba sin que nadie supiera nombrar exactamente qué era eso. Cozy Powell pasó toda su carrera en ese lugar, y lo hizo con una consistencia que muy pocos alcanzan. Jeff Beck, Ritchie Blackmore, Ronnie James Dio, David Coverdale, Tony Iommi, Keith Emerson, Greg Lake, Gary Moore, Brian May. Todos, en algún momento, lo eligieron. Eso no ocurre por accidente.

En 2016, dieciocho años después de su muerte, se develó una placa en su honor en Cirencester. Brian May encabezó la ceremonia. Estuvieron Tony Iommi, Don Airey, Bernie Marsden, Neil Murray, Suzi Quatro. Los grandes del rock inglés reunidos frente a un muro de la ciudad pequeña donde todo empezó. El niño adoptado que nunca supo quiénes eran sus padres biológicos, pero que supo desde los doce años cuál era su sitio en el mundo.

Cada que escucho el Rainbow Rising y arranca «Stargazer», esa batería llena el cuarto con la certeza de alguien que sabe exactamente lo que está haciendo, entiendo de nuevo lo que entendí a los dieciséis años sin poder decirlo: que hay músicos que te cambian la manera de escuchar. Que ese cambio es para siempre. Y que a veces te llega por el gesto generoso de un cuate que aparece con un disco bajo el brazo y te dice, sin más, escúchate esto.

Arturo Roti (1968). Comunicólogo egresado de la UANL, rockero de corazón desde que Queen lo bautizó en su primer concierto. Fan del cine, el fútbol y de opinar de todo (aunque nadie lo pida). En el año 2000, dio vida al blog Ojo Eléctrico, donde desmenuzaba discos, rolas y conciertos, y que más tarde se transformó en una cápsula de televisión para el programa Amplificador de TV Azteca. Ha colaborado para El Norte y pintado casas con su jefe en los veranos. Vive con una banda sonora perpetua en la mente, porque, para él, la vida siempre tiene un soundtrack.

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