Todas las primeras veces: sobre Duerme, Cicatriz de Nora de la Cruz

La nostalgia forma parte de la educación sentimental de nuestra época, y Nora de la Cruz sabe darle buen curso al hacer gala de una prosa no sólo bien cuidada, sino domada.

julio 27, 2025

Por Gilma Luque

El relato de crecimiento en primera persona, ya sea ficción o no, es una confección del narrador: esto fue crecer, aquella fui, así amé, de este modo me equivoqué. El Bildungsroman es un género centrado en la transición del protagonista (psicológica y moral) desde la infancia hasta la madurez: la búsqueda de la identidad a través de la experiencia, la iniciación y el aprendizaje.

            En estas narraciones, un protagonista nos cuenta la versión de su historia desde el comienzo, por medio de analepsis, donde el lector puede ver las escenas que el narrador recuerda como parte fundamental de su construcción como individuo; las personas que los acompañaron, los lugares y sucesos, pero, sobre todo, la desilusión de encontrarse en un mundo dictado por las reglas de la época. Y al respecto, Nora de la Cruz posee un dominio sobre la técnica, en donde todo parece estar en su sitio, sin perder el hilo de una diégesis que transcurre sin accidentes desde el principio hasta el final. Gracias a esto podemos entrar en el universo de Envangelina Roque y acompañarla durante las tardes que pasa escuchando a su padre hablar de música —cuando su madre y su hermana van a visitar a las vecinas—, en sus clases de ballet, en un bar, en la casa de su primer novio o en el departamento lleno de discos del hombre del que está enamorada.

Lina no es la niña que su madre quiere que sea ni como su hermana Elisa, un compendio de la feminidad. A lo largo de la narración seremos testigos de las diferencias entre Lina y las demás chicas que aparecen en su vida, como Yoyoli y Yuyín, las populares de la escuela, superficiales y perfectas desde el punto de vista de la belleza canónica. Tampoco es como Isela, una adolescente que llega a vivir al barrio con su madre después de dejar Estados Unidos; le graba casettes y fuma mientras la pequeña Lina come Cheetos —y se va de pinta de sus clases de ballet—; la amiga experta con quien tiene una correspondencia a escondidas y quien le presenta al chico que le dará el primer beso. Tampoco es como Lidia, su amiga en la adultez, una mujer atrapada en un matrimonio triste y con ideas convencionales, pero de buen corazón. Lina no es como las demás, como no lo era Jo March en Mujercitas, Elena Greco en La amiga genial, Denise Lesure en Los armarios vacíos —la primera novela de Annie Ernaux— y Fleur Jaeggy en Los hermosos años del castigo, por nombrar algunas novelas donde la protagonista, desde muy pequeña, se da cuenta de que no puede seguir las reglas impuestas por un mundo en el que no cabe. Lina es una niña un poco gordita, que gusta de comer Cheetos, escuchar música en su Walkman, ver Vaselina, los videos de Michael Jackson y Jurassic Park una y otra vez con Geo, su mejor amiga, quien sí es como ella.

Duerme, Cicatriz comienza in media res, cuando Lina tiene 38 años y un embarazo ectópico que la llevará al infierno de la seguridad social y a recordar algunos momentos importantes de su educación sentimental, mismos que la llevaron a una relación con Tito y al hospital desde donde narra su historia. Las primeras veces forman parte de esta educación, la que adquirimos en casa y dictan nuestras circunstancias. No simplemente la historia moral de una generación sino aquello que Flaubert deseaba lograr al escribir La educación sentimental como el término exacto para referirse a los sentimientos, y no en el sentido burgués afrancesado de la palabra sentimental como algo sensiblero, superficial y afectado. Flaubert deseaba transformar el relato del aprendizaje en una auténtica epopeya de la desilusión. Esta me parece la palabra clave para este tipo de novelas (mis favoritas). El personaje principal nos lleva de la mano en su propia historia de la desilusión, pero también del amor, la pasión, la amistad y la vocación; donde se integran recursos de ficción narrativa y un discurso sobre la época.

            Y así, Lina narra desde una sala de espera, sola, frente a un doctor que jamás la mira a los ojos, enfermeras frías como la plancha o la camilla y los instrumentos que le introducen para el ultrasonido; desde las noticias dadas sin compasión ni empatía; desde el miedo a perder la posibilidad de la maternidad e incluso la vida, y recuerda todo aquello que la ha formado: la llegada de la menstruación, la conciencia del cuerpo y con ello las presiones sociales respecto a la belleza, el sexo, el amor, la amistad y la traición. Como cuando Geo, su mejor amiga, resulta ser excelente en la clase de ballet (donde Lina no da una) y es aceptada en el club de Yoyoli y Yuyín para dejar de ser Geo y ser Gigí, y burlarse de la torpeza de Lina junto con las otras dos. Lina nos habla de las tardes echada en su cama sin tender, los audífonos puestos, y su primer duelo, pues el primer amor es la mejor amiga o amigo; de cómo su padre la ayuda a salir del dolor y también Isela, la adolescente precoz que le enseña un nuevo mundo; de su primer beso con Alberto, un desastre, como todos los primeros besos, todas las primeras veces y aquello que idealizamos: la virginidad, el sexo insatisfactorio con el primer novio formal (Mario), las ideas preconcebidas donde amor y sexo van de la mano… y al final el placer sin amor (Orlando) hasta la llegada de Tito, un hombre mucho mayor, famoso, que escribe sobre música —lo que ella quiere hacer desde muy joven—, un tipo seguro de sí mismo que la seduce y envuelve, la trata mal… y embaraza.

            En Duerme, Cicatriz, la narradora rompe la cuarta pared para hacer comentarios incisivos, llenos de ironía y humor —característico de Nora de la Cruz desde su primer libro de cuentos, Orillas, y su primera novela, Te amaba y me chingaste—; no falta el tono nostálgico por el tiempo perdido, la niñez durante los años ochenta y la adolescencia en los noventa, Nirvana, Alanis Morissette, Los Beatles…, referencias populares, sobre todo musicales, pues la música forma parte de la vida y la personalidad de Lina; sin embargo, la nostalgia no es sensiblera, superficial o fingida, pues forma parte de la educación sentimental de nuestra época, y Nora de la Cruz sabe darle buen curso al hacer gala de una prosa no sólo bien cuidada, sino domada, una estructura clara y una historia que recordaremos.

Así es como grandes temas, la aceptación y el rechazo del cuerpo, la menstruación como tabú, la sangre, símbolo de iniciación, la maternidad, realización de lo femenino, la sacralización de las primeras veces, el duelo ante la pérdida del otro —el que está de paso por nuestra vida—, los sentimientos atávicos heredados de nuestras madres, hermanas, amigas, una educación que estorba en el encuentro con nosotros mismos y la vocación. Todos esos temas, arropados con anécdotas y tono desenfadado, envuelven el presente incierto de nuestra protagonista, donde prevalecen aquellos sentimientos que nos acompañan al crecer. La cicatriz de Lina es visible en la carne, pero también invisible, es la cicatriz que nos deja el haber vivido.

Tusquets, 2025

Gilma Luque (Ciudad de México, 1977) es autora de Hombre de poca fe (Mondadori, 2009), Mar de la memoria (Ediciones B, 2014), Obra negra (Almadia, 2016) y El hombre en el jardín (Hachette, 2025), entre otros libros. Fue miembro del Sistema Nacional de Creadores del año 2020 al 2023.

Imagen: MILENIO.

Compartir:

Usamos cookies para mejorar tu experiencia y personalizar contenido. Al continuar, aceptas su uso. Más detalles en nuestra Política de Cookies.