Volver al samizdat

Sin duda habrá que volver al oficio de escritor hoy más que nunca. El samizdat es un buen ejemplo de que los autores que tienen algo realmente personal e importante qué decir pueden perdurar bajo cualquier circunstancia, como el loto permanece blanco aún en medio del fango.

marzo 26, 2026

El autor como su propio editor, segunda parte

Por Daniel Espartaco Sánchez

Bien conocida es la frase con la que Vladímir Bukovski —autor de El dolor de la libertad y Manual de psiquiatría para disidentes— definió el samizdat: «yo mismo lo escribo, edito, censuro, publico, distribuyo, y voy a la cárcel por eso». Pero el término viene de sam (uno mismo) e izdat, apócope de izdátelstvo (editorial), es decir: «publicado por uno mismo». Palabra que se popularizó para nombrar a un conjunto de publicaciones, revistas, panfletos y obras literarias que circulaban de manera clandestina tanto en la Unión Soviética como en todo el campo socialista, desde copias a mano o mecanografiadas con papel carbón, mimeografiadas o impresas en pequeñas y artesanales imprentas, puesto que toda forma de escritura era controlada y manejada por el Estado. Mientras la literatura oficial circulaba en tirajes de millones de ejemplares (no había mucho que ver en la televisión), muchos de los libros más importantes de la literatura rusa del siglo XX tuvieron que hacerlo en formato samizdat, de cuyos ejemplos el más conocido es El maestro y Margarita, que logró sobrevivir a Stalin hasta la rehabilitación de Bulgákov a finales de los años sesenta, aunque esa primera edición oficial todavía estuviera en gran parte censurada. Ejemplos de obras que lograron sobrevivir gracias a estas prácticas hay muchas, pero una buena muestra acaba de aparecer en español: una antología publicada por la Universidad Autónoma de Nuevo León, Poetas Rusos. El Movimiento Ligero de las Sombras Nocturnas (2024) de Ludmila Biriukova, en donde la antologadora privilegia a poetas no oficiales, la mayoría de los cuales dieron a conocer su obra en el formato samizdat, sino es que todos, como Arseni Tarkovski o Vadim Shefner. Hoy en día, ya nadie lee la literatura oficial. Aún me divierte encontrarme con Tierras vírgenes del mandamás Leonid Breznev, traducida al español en la Unión Soviética, arrumbado en librerías de viejo o tianguis de libros. Se tradujo a decenas de idiomas, se editó por millones y ya nadie lo lee, mientras que El maestro y Margarita es celebrada en todo el mundo por toda clase de lectores y es objeto de culto y de peregrinación. ¿Justicia histórica?

            Por fortuna, hoy en día, en el mundo del mercado libre, ya no existe la censura, es raro que un autor sea condenado a prisión (salvo en Rusia, que no ha cambiado), que su obra se prohíba, sea enviado al paredón o a un campo de trabajo, aunque el capitalismo tiene formas más sutiles de marginar a los autores, y esto es sepultándolos entre cientos de títulos de autoayuda, trilogías juveniles, de coyuntura política (como los del ex presidente), novelas históricas, de toda clase de géneros, literatura feel good (iyashikei) —El gato que vino del espacio que amaba los libros en el café de las doce en punto del señor Miyagui—, libros de celebridades (ya hasta Julieta Venegas se cree escritora), pero sobre todo de influencers, gente guapa y exitosa con aserrín en el cerebro. Y si bien no se trata de un plan orquestado por los iluminati o los amigos de Epstein, sí se trata de una realidad ya imperturbable: la de la lógica corporativa. Supongamos que un autor novel lograra hacerse paso en el mundo editorial a través de un amigo del amigo que conoce al primo del editor, ¿qué pasará con su libro antes de irse directamente a saldos como lo hacen todas esas presuntas luminarias literarias que vemos presumiendo en redes sociales sus libros próximamente a diez pesos en un tendido de mercado? Porque esa es otra realidad, en el mundo de simulación en el que vivimos, es muy raro que esta clase de libros venda. El autor poco o nada tiene que hacer frente la lógica del mercado. El libro del bien intencionado autor novel lo más seguro es que nadie o muy poca gente lo lea ante toda esta colorida oferta.

            Y, sin embargo, por lo menos en México, existe una especie de estigma con respecto al libro de autor e incluso a veces es motivo de mofa. Se considera que estás out si te publicas a ti mismo, porque lo más in, el non plus ultra, es estar en el catálogo de una editorial comercial. Todo escritor en ciernes, apenas teclea un par de cuartillas, ya se imagina esta historia hollywoodense: una vez terminado el manuscrito, lo lleva a una editorial donde un solícito editor maduro lo recibe para pasar la noche leyéndolo en un mar de lágrimas y llamarle al autor a la mañana siguiente para ofrecerle un millón de dólares de adelanto. O como lo dijo mejor Snoopy: «querido editor, se supone que publicarías mi libro y me enviarías un montón de dinero, ¿qué está mal contigo?».

Puede que sea una exageración (y lo es) cualquier comparación entre el sistema soviético y el mercado editorial. Sin duda, el capitalismo no te manda a un campo de trabajos forzados a cincuenta grados bajo cero ni te tortura ni fusila como la NVKD, pero sí que puede matarte de hambre o mandarte al ostracismo como Stalin lo hizo con la crema y nata de la literatura rusa. El mercado tiene otras formas más suaves de simplemente ignorar a buenos y talentosos escritores, ya sea por su sexo, su edad, o simplemente porque no escriben de los temas políticamente correctos, alarmistas y de moda, o porque no tienen cientos de miles de seguidores. Sin contar que la IA podría escribir los libros que las corporaciones quieren ya no próximamente sino ahora mismo.

¿Qué hacer ante la deshumanización del mercado, de la literatura en general? ¿Rasgarse las vestiduras en la sinagoga? ¿Arrojarse al llamado doomscrolling o fatiga por el apocalipsis? Sin duda habrá que volver al oficio de escritor hoy más que nunca. El samizdat es un buen ejemplo de que los autores que tienen algo realmente personal e importante qué decir pueden perdurar bajo cualquier circunstancia, como el loto permanece blanco aún en medio del fango. Para eso no hace falta estar en ferias del libro institucionales (todas iguales e inútiles) ni en las mesas de las novedades de cadenas de librerías manejadas por algoritmos, ni siquiera en Amazon, que te den una beca, un Volga y una dasha. Que baste el oficio de escribir sin esperar nada a cambio.

Daniel Espartaco Sánchez (1977). Es autor de varios libros, el último se llama Los nombres de las constelaciones. Ha ganado muchos premios literarios, pero no le gusta presumirlos. Lleva más de un año con la Clínica de Narrativa, un espacio virtual y físico de lectura y reflexión acerca de la escritura creativa. Vive en la colonia Narvarte, el único territorio con el que se identifica hasta el momento.

Foto: Ron Lach | pexels

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